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martes, 1 de diciembre de 2015

LAS PLÉYADES Y EL ORIGEN DEL UNIVERSO SEGÚN LOS MAYAS



Cierta vez me encontré con Don Pascual luego de haber pasado un buen tiempo en la ciudad. Después del consabido protocolo natural en los ancianos tradicionales, me dijo: “pareces un Balameb que retorna de las Pléyades.”

Con esta extraña forma de bienvenida despertó mi curiosidad. De inmediato lo acorralé a preguntas acerca del significado de su afirmación. Nunca antes me había hablado de la cuestión cósmica de los Mayas, y para mí, las Pléyades no pasaban de ser un cúmulo de estrellas. Como siempre, su estratagema para captar la atención de sus discípulos era despertarles la curiosidad con palabras o actitudes que jamás se esperasen; y así dio comienzo a uno de sus fabulosos relatos[1]:

“¡Nadie puede demostrar absolutamente nada del origen de la humanidad, de cómo el ser humano alcanzó la posición que ocupa! Los mitos y tradiciones nos ayudan, aunque los demás no les presten atención; si se vive con la inconsciencia de la existencia no importa creer cualquier cosa. Cuando joven conocí a un anciano, ‘el más viejo de los viejos’, decían los que lo veían, mientras otros repetían que era un hombre de pocas palabras. De a poco fui ganándome su confianza hasta que un día me relató su verdad”.
“El universo, y por lo tanto el mundo, surgió por la voluntad del Creador. Éste se juntó con el Formador y manifestaron su deseo: crearon la realidad bajo la mágica forma del Najt, el espacio-tiempo que existe en un lugar prefijado y se determina por la capacidad de aprender a dar forma a las manifestaciones energéticas de la irrealidad. Estas claves las aprendemos luego de perder la inocencia con que venimos al mundo, en ese momento en que perdemos la conexión con lo verídico. Cuando esto sucede nuestra vida puede perderse en la inconsciencia y es allí donde comienza nuestra fragilidad. Pues bien, cuando la presente humanidad se encontró perdida luego de los castigos que le impusiera el Gran Padre por haberse envilecido y olvidado de su Creador, éste envió desde las Pléyades a nuestros primeros abuelos, los Balameb (Balam Quitze, Balam Acab, Maja-cutaj e Iqi Balam). Eran grandes sabios, visionarios y grandes magos, su patria es nuestra patria, su tradición es nuestra tradición, su legado es nuestra norma de vida, ellos nos enseñaron todas las artes y nos dieron el conocimiento, pues de este lugar de donde vinieron nuestros primeros padres es de donde surge la realidad. Así empezó la manifestación de todo; así dijeron los abuelos y así lo expresamos nosotros. Al venir a nuestro mundo estaban como desorientados, como perdidos fuera de su realidad; añoraban su origen, sus dignidades, pero fueron enviados por el Gran Padre para tener su descendencia, para poblar el mundo, para recordar a su Creador y Formador.

Este relato cambió mi vida, pues entendí que nuestro origen es compartido. La dignidad de los Abuelos es una dignidad dada por el Gran Espíritu, por el Sol de Soles, y el conocimiento está tanto en las estrellas como en la faz de la tierra. Así comenzó mi camino, así surgió mi deseo de retornar a la tradición de los Abuelos.

Sus palabras me hicieron dar cuenta de que siempre tenía una actitud distraída y que vivía desorientado. El profundo relato me asombró mucho, más aún cuando 20 años más tarde revisando unos documentos de avances científicos, encontré que los astrónomos habían descubierto con la ayuda del telescopio Hubble que justo al lado de las Pléyades surge un enorme “gusano”, tal como ellos lo llamaron, que contiene todas las galaxias y nebulosas y que fuera de este “macro gusano” no hay nada más que un inconmensurable vacío.

Hoy entiendo el poder y la fascinación que ejercen las Pléyades (el mítico paraíso de Paxil y Cayala y origen de todo lo que existe) sobre el mundo maya[2].





[1] (Kam Wuj, El Libro del Destino. Astrología Maya. Ludovica Squirru y Carlos Barrios, Editorial Sudamericana. Pag. 68)

[2] Ibídem, Pág. 69-70.


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