Cierta vez me encontré con Don
Pascual luego de haber pasado un buen tiempo en la ciudad. Después del
consabido protocolo natural en los ancianos tradicionales, me dijo: “pareces un
Balameb que retorna de las Pléyades.”
Con esta extraña forma de bienvenida
despertó mi curiosidad. De inmediato lo acorralé a preguntas acerca del
significado de su afirmación. Nunca antes me había hablado de la cuestión
cósmica de los Mayas, y para mí, las Pléyades no pasaban de ser un cúmulo de
estrellas. Como siempre, su estratagema para captar la atención de sus
discípulos era despertarles la curiosidad con palabras o actitudes que jamás se
esperasen; y así dio comienzo a uno de sus fabulosos relatos[1]:
“¡Nadie puede demostrar
absolutamente nada del origen de la humanidad, de cómo el ser humano alcanzó la
posición que ocupa! Los mitos y tradiciones nos ayudan, aunque los demás no les
presten atención; si se vive con la inconsciencia de la existencia no importa
creer cualquier cosa. Cuando joven conocí a un anciano, ‘el más viejo de los
viejos’, decían los que lo veían, mientras otros repetían que era un hombre de
pocas palabras. De a poco fui ganándome su confianza hasta que un día me relató
su verdad”.
“El universo, y por lo tanto
el mundo, surgió por la voluntad del Creador. Éste se juntó con el Formador y
manifestaron su deseo: crearon la realidad bajo la mágica forma del Najt, el
espacio-tiempo que existe en un lugar prefijado y se determina por la capacidad
de aprender a dar forma a las manifestaciones energéticas de la irrealidad.
Estas claves las aprendemos luego de perder la inocencia con que venimos al
mundo, en ese momento en que perdemos la conexión con lo verídico. Cuando esto
sucede nuestra vida puede perderse en la inconsciencia y es allí donde comienza
nuestra fragilidad. Pues bien, cuando la presente humanidad se encontró perdida
luego de los castigos que le impusiera el Gran Padre por haberse envilecido y
olvidado de su Creador, éste envió desde las Pléyades a nuestros primeros
abuelos, los Balameb (Balam Quitze, Balam Acab, Maja-cutaj e Iqi Balam). Eran
grandes sabios, visionarios y grandes magos, su patria es nuestra patria, su
tradición es nuestra tradición, su legado es nuestra norma de vida, ellos nos
enseñaron todas las artes y nos dieron el conocimiento, pues de este lugar de
donde vinieron nuestros primeros padres es de donde surge la realidad. Así
empezó la manifestación de todo; así dijeron los abuelos y así lo expresamos
nosotros. Al venir a nuestro mundo estaban como desorientados, como perdidos
fuera de su realidad; añoraban su origen, sus dignidades, pero fueron enviados
por el Gran Padre para tener su descendencia, para poblar el mundo, para
recordar a su Creador y Formador.
Este relato cambió mi vida, pues
entendí que nuestro origen es compartido. La dignidad de los Abuelos es una
dignidad dada por el Gran Espíritu, por el Sol de Soles, y el conocimiento está
tanto en las estrellas como en la faz de la tierra. Así comenzó mi camino, así surgió
mi deseo de retornar a la tradición de los Abuelos.
Sus palabras me hicieron dar cuenta
de que siempre tenía una actitud distraída y que vivía desorientado. El
profundo relato me asombró mucho, más aún cuando 20 años más tarde revisando
unos documentos de avances científicos, encontré que los astrónomos habían descubierto
con la ayuda del telescopio Hubble que justo al lado de las Pléyades surge un
enorme “gusano”, tal como ellos lo llamaron, que contiene todas las galaxias y
nebulosas y que fuera de este “macro gusano” no hay nada más que un
inconmensurable vacío.
Hoy entiendo el poder y la
fascinación que ejercen las Pléyades (el mítico paraíso de Paxil y Cayala y
origen de todo lo que existe) sobre el mundo maya[2].
[1] (Kam Wuj, El Libro del Destino. Astrología Maya. Ludovica Squirru y
Carlos Barrios, Editorial Sudamericana. Pag. 68)

